Doscientos años de corrupción

Algunos creen que la Justicia persigue a Cristina para proscribirla, otros afirman que es inocente. “Cristina es una corrupta y la Corte al fin hace una buena”, argumentan. “Para la Justicia solo hay una categoría de corruptos: los peronistas”, retrucan enfrente.

Unos y otros creen en lo que opinan. En su mayoría lo hacen con total sinceridad. El problema de la corrupción no es que alguien mienta. Tiene atrapados a los argentinos hace más de doscientos años. Nadie puede dudar de ello. ¿Hay forma de escapar?

Es momento de transformar esos relatos que nos hacen pero que también nos deshacen

Decenas de gobiernos constitucionales y defactos, candidatos, partidos y hasta sectores especializados y académicos. Campañas legislativas, presidenciales, cientos de kilómetros de papel periodístico impreso, miles de minutos de aire radiofónico y televisivo, millones bits en redes. Leyes, tratados, novelas, investigaciones, relatos, informes, comisiones. La lista de acciones de distintas instituciones estatales y privadas que orbitan en torno a la corrupción podría continuar casi hasta el infinito.

La corrupción junta al pueblo. Pero también lo separa.

Las denuncias de corrupción, los escándalos, juicios, debates y persecuciones han sido durante los últimos doscientos años uno de los aglutinantes populares preferidos del sistema político argentino. La corrupción junta al pueblo. Pero también lo separa. Tampoco nadie duda de ello.

Se suceden de forma transfigurada las víctimas, los victimarios, los héroes, los villanos. Y los chivos expiatorios que de modo regular aparecen en distintos momentos de la historia argentina.

Los malos de siempre 1

La Asamblea de 1813 persiguió a casi treinta figuras patrias por irregularidades en el manejo de fondos: dos años después otorgó una previsible amnistía. Entre ellos Saavedra, Castelli, Belgrano, de Azcuénaga, Moreno, Paso Ortiz de Ocampo, Chiclana, Manuel Sarratea y la lista sigue. Rosas enfrentó denuncias de corrupción provenientes de todo el arco conservador y liberal-económico.

Juan Domingo Perón y María Eva “Evita” Duarte.

La Revolución del Parque denuncia al gobierno de Juárez Celman por corrupción. Le suceden más denuncias por fraude. A consecuencia se sanciona la ley de voto secreto. Denuncias varias contra el gobierno de la “chusma” radical encarnada en Yrigoyen. El “electrizante” y mayor escándalo de corrupción de la historia argentina: la mega empresa de servicios eléctricos CHADE, CATE, CADE. La Justicia nunca condenó a nadie.

Hipólito Yrigoyen.

Los dictadores desde 1930 en adelante prometían retornar a los valores perdidos frente a la perversión y corrupción de la democracia —voto popular. El líder y la lideresa de los cabecitas negras: Perón y Evita. La proscripción del peronismo durante dieciocho años.

A excepción de Juárez Celman que era un presidente nada popular el resto de los líderes fueron acusados y perseguidos como villanos corruptos.

Alfonsín, la excepción

El ex presidente Raúl Alfonsín es el único mandatario no peronista —desde el regreso de la democracia— que evitó centrar su gestión en la denuncia de corrupción contra el peronismo. A pesar de ello, en su campaña presidencial señalaba que si la sociedad lo acompañaba se iba a acabar la corrupción de los militares.

Raúl Alfonsín ante una multitud en el Obelisco, durante el cierre de la campaña presidencial en 1983.

Los malos de siempre 2

Las presidencias de todos los líderes peronistas desde el regreso democrático estuvieron caracterizadas por acusaciones constantes de corrupción provenientes de los sectores opositores. A pesar de ello Eduardo Duhalde, Néstor Kirchner, Cristina Fernández y Alberto Fernández no recurrieron a la corrupción como herramienta de persecución.

Es paradójico el caso de Carlos Menem, quien al inicio de su primer mandato prometía también acabar con la corrupción y la burocracia del Estado argentino para darle lugar al capital. Muchos de sus funcionarios provenían del sector privado, como Domingo Cavallo. Ello no impidió que su gobierno quedara instalado en el imaginario popular como emblema de la corrupción.

Fernando De la Rúa y Carlos “Chacho” Álvarez saludan en Casa Rosada en 1999.

Dentro de la paradoja una paradoja más: las principales acusaciones durante su gestión provenían de sectores del peronismo disidente nucleadas en el Frente Grande, liderado Carlos “Chacho” Álvarez y el Grupo de los Ocho.

Fernándo De la Rúa durante su campaña presidencial en 1999.

Las campañas presidenciales y mandatos de Fernando De la Rúa y Mauricio Macri estuvieron caracterizadas por fuertes denuncias, investigaciones, persecuciones y condenas a líderes peronistas.

Tras el primer año de gestión de Javier Milei aparece un viraje discursivo que es consistente con los patrones discursivos de los gobiernos que se caracterizan por perseguir como villanos a los líderes populares.

Líderes-villanos-corruptos

De la Rúa fue un líder popular y terminó sus días en el ostracismo; aunque no por críticas de corrupción sino como efecto de las políticas anti-populares de su gestión de gobierno que derivaron en la Crisis de 2001. Macri también fue popular y su futuro aún está en redacción. De igual modo Milei. Ninguno ellos aún han sido perseguidos por corrupción y tampoco son o fueron peronistas.

Diego Armando Maradona.

La corrupción es una de las piedras en el zapato de los argentinos. En doscientos años nadie pudo terminar con ella. El mito de la corrupción parece iterar: los culpables, los villanos, los chivos expiatorios siempre son los mismos: líderes populares; y desde 1946, peronistas.

Quienes denuncian en su mayoría son figuras que se oponen a algo: al voto popular, al Estado, al peronismo, a la chusma radical. Pertenecen a la clase media o a los sectores acomodados urbanos y un rasgo contemporáneo que los define es provenir de “afuera de la política”.

Mirtha Legrand.

Los líderes-héroes se transmutan en villanos. Luego de modo póstumo obtienen la redención. Incluso esa regla es posible extenderla hacia liderazgos no políticos. Como el de Diego Maradona.

Lo que omite esa narrativa mítica es a quienes sobornan, quienes se benefician de las enormes asimetrías logradas gracias a regulaciones del Estado, la Justicia que solo investiga o condena a los villanos de siempre. Y lo hace de modo sistemático. En doscientos años ningún preso ni condenado en el mundo privado. Nadie repara en ello excepto que alguien lo denuncie.

El mito, los villanos, héroes y víctimas permanecen y —parafraseando a Mirta Legrand—, el público se renueva. Es momento de transformar esos relatos que nos hacen pero que también nos [des]hacen.

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