Pocos líderes políticos contemporáneos se plantean dominar de forma total a la sociedad que les toca gobernar. Sin admitir la menor de las razones a quienes se les oponen o siquiera reconocer sus derechos y mucho menos efectuar concesiones.
“Independientemente del color político que tengan, son todos del partido del Estado” —especificó Javier Milei anteayer en una entrevista con Luis Majul, indicando desdén con su mano. El primer mandatario se refería a los gobernadores de distintas provincias y partidos políticos excepto del suyo. “La intensión de ellos es romper todo”, aventuró.
Dos días después de esas declaraciones el Parlamento argentino aprobó un paquete de leyes con beneficios para los jubilados, una prórroga a la emergencia en discapacidad y revirtió el veto presidencial para la ayuda a las ciudades de Bahía Blanca y Coronel Rosales. También sancionó un proyecto que le quita discrecionalidad al gobierno en la coparticipación del impuesto a los combustibles y en la distribución arbitraria de ATN.
El Congreso sancionó esas leyes con una mayoría inaudita, lo que revela un enorme consenso entre los senadores que representan a las provincias de distintos partidos.
No es una novedad que el sistema político incluye en su dinámica a dirigentes de distintos ámbitos de la sociedad civil, no solo a los líderes políticos. Esa voluntad es la que en su mayoría se expresa en consensos como el logrado en la sanción de esas leyes en el Parlamento.
La paradoja de ese consenso es que deja afuera de sus coordenadas simbólicas a una gran parte de la sociedad. Quienes no sienten que “los políticos tradicionales” los representen. Quienes en parte están capturados por la dinámica del mito político libertario.
No se sabe cuántos son ni es claro cómo se agrupan o construyen su identidad en público. Tampoco quedará claro ello luego de las legislativas nacionales de octubre de 2025. Es nítido que se trata de un gran número de argentinos y argentinas.
El mito libertario
El mito de gobierno libertario plantea a una víctima-héroe —encarnada en el presidente Milei. Cuyos victimarios coinciden con sus opositores a quienes denomina como “la casta”, integrantes del “partido del Estado”. Ese líder-víctima busca redimir al pueblo destruyendo al Estado opresor del pueblo, la libertad y los individuos.
El funcionamiento óptimo de esa narrativa implica una dinámica en la que el gobierno y la construcción que hace de pueblo —los argentinos de bien— queden amenazados real o imaginariamente por esos villanos que “quieren romper todo”.
“Lo que nosotros estamos haciendo es que lo que no se hizo en la economía en los últimos cien años”. “Todo eso era malísimo para los argentinos de bien pero un negocio enorme para el partido del Estado”, plantea en la entrevista con Majul el presidente.
Esos argentinos y argentinas en su mayoría creen que gobernar no es conceder y sienten a Milei como alguien con su mismo cuero pero en el gobierno. Gobernar es rigorear a otros, a quienes no piensan o sienten como ellos o a quienes consideran responsables de sus pesares.
Lógica hegemónica
No es un secreto que en la Casa Rosada consideran que sus ideas ya son hegemónicas para la mayoría de los grupos sociales. Ello explica que Milei afirme que todos se equivocan menos él.
La dirección ético-política de un grupo por sobre el resto de los grupos sociales es lo que el teórico Antonio Gramsci conceptualizaba como hegemonía a principios del siglo XX.
Se suele emparentar la idea de hegemonía con la de irracionalidad. Por ello, puede parecer una paradoja pero la hegemonía tiene para algunos pensadores contemporáneos distintas lógicas o formas de funcionamiento.
La primera de ellas implica una lógica de intercambios materiales sin que se modifiquen las ideas de quienes efectuán la transacción. Ninguno de los grupos involucrados modifican sus estructuras simbólicas: solo hay un intercambio material en base al cual se sostiene una concesión. Algo así como “necesito tu apoyo. Está bien eso te cuesta tanto.
La segunda implica que un conjunto de grupos sociales sientan como propias las ideas y valores del grupo dirigente. Algo así como “creemos en lo mismo” y “sentimos parecido”.
Y la tercera pero no menos determinante implica que el o los grupos dominantes puedan transformar los modos de vida de los grupos subalternos. Y así logren que esos grupos “aspiren” a los intereses de sus dominantes. Esta lógica por ejemplo explicaría que un pibe del tercer cordón del conurbano se sienta un Lobo de Wall Street invirtiendo en la timba de las monedas virtuales sus casi nulos ahorros, producto de su trabajo en una aplicación transnacional de entrega de paquetes punto a punto.
Grado cero de la hegemonía
El mito libertario de rigorear al otro y llevarlo de los pelos hasta que acepte sus ideas no encaja en la dinámica de ninguna de las lógicas de la hegemonía descriptas.
Quizá con la única que podría tener afinidades electivas es con la primera, la que implica una simple transacción en la que lo que piensa cada grupo no se modifica. Solo hay un intercambio material a cambio de apoyo.
Ello es lo que venía ocurriendo con distintos gobernadores, bloques legislativos y dirigentes con quienes el gobierno mantenía un tenue intercambio de mutuo interés.
El presidente volvió a recurrir a la marca con la que selló el inicio de su gobierno. Un hito difícil de olvidar. Su discurso a espaldas del Congreso y sin representación parlamentaria.
Durante la entrevista con Majul y un día después ante un auditorio más exclusivo, el viernes pasado en la Bolsa de Comercio sentenció a su gobierno al grado cero de la hegemonía.
En ambos escenarios dijo que no importa lo que digan o hagan, vetará cualquier proyecto, recurrirá a la Justicia y si todo eso falla ganará las legislativas y con una nueva conformación parlamentaria revertirá lo hecho.
Gobernará a una sociedad muy heterogénea con un bastón monocromático, amenazas y rigor. Sin embargo, nadie ha logrado aún gobernar de modo eficaz así.
Macri, siguiendo la misma escuela que Milei imaginó ser muy dañino si lo hacían enojar. Esa amenaza se le volvió en contra. Hoy araña el ostracismo.
Narices
Pocos actores del complejo empresarial criollo tienen una gravitación inusitada en la estructura económica argentina. Comprueban esa premisa múltiples estudios publicados por especialistas de todo el arco político-ideológico. A pesar de ello no logran transmutarla del todo en capital político.
Del mismo modo ocurre con Estados Unidos respecto a su poderío militar sin parangón mundial. En el mundo real nadie tiene la capacidad de llevar de las narices del todo a nadie. Y jamás se hegemoniza todo.
El sistema político argentino tiene pendiente la urgente construcción de un continente simbólico capaz de volver a persuadir, convencer y enamorar a los distintos sectores de la sociedad. La alternativa es el rigor sinfín de la mítica gubernamental omnipotente que tarde o temprano terminará de lastimar a todos.